jueves, 20 de junio de 2013

El Impostor- Capitulo 29

Nadie podía oírla. El baño estaba junto al gimnasio que nadie, salvo George en contadas ocasiones, usaba nunca. Podía gritar todo lo que quisiera, porque no vendría nadie a buscarla. Nadie la echaría de menos. Al cumplir los veinte se hizo la promesa de no compadecerse de sí misma nunca más, y no la rompió hasta que Nick Jonas volvió y le recordó todo aquello que quería y no tendría jamás. Una familia. Una verdadera madre. Y el amor de Nick Jonas. Inclinó la cabeza hacia atrás, dejando que los abundantes chorros de agua caliente le regaran la cara, el pelo, quería lavarse las lágrimas junto con las caricias y el olor de Nick; quería que todo eso se arremolinara colándose por el desagüe, yéndose de su vida, hasta que pudiera fingir que no había ocurrido nunca. No había sido su primera relación sexual. Había tenido otras en ocasiones y normalmente las había disfrutado. Tampoco había sido su primer orgasmo. Era una mujer joven, normal y sana, perfectamente capaz de cubrir sus propias necesidades aun sin estar saliendo con nadie. Y sin embargo lo que había vivido esta noche, arriba, en la habitación que está bajo el alero, era completamente nuevo. Era irresistible, espantoso, un tentador bocado de algo tan poderoso y profundo que le entraban ganas de esconderse bajo las sábanas hasta que él se hubiera ido. El agua caliente se derramaba sobre su cuerpo sin cesar, pero la desesperaba saber que eso no era suficiente para borrar las huellas de Nick, que se pegaría a su piel y permanecería en su sangre hasta que ella no tuviera más remedio que huir de eso, de él y de la única familia que tenía. Cerró el grifo y se quedó inmóvil en el plato alicatado de la ducha mientras la rodeaban envolventes nubes de vapor. Se sacó el pelo de la cara y se puso derecha. Tenía que pensar en cómo salir de este embrollo. Si era preciso que se marchara durante un par de días para recuperar el equilibrio, lo haría. Pero no dejaría que Nick volviera a tocarla. Eso había sido un error de tan monumentales proporciones que aún estaba sorprendida. Durante casi toda su vida había soñado, voluntaria o involuntariamente, con Nick Jonas. Habían pasado demasiadas cosas entre ambos para hacer del sexo una alternativa razonable. Más le hubiera valido no acostarse con un impostor. Estaba segura de que era un mentiroso, y de que le odiaba, y sin embargo había actuado en contra de su voluntad. A lo mejor su reacción era debida a la reprimida nostalgia que había sentido siempre por Nick. A lo mejor es que él era simplemente un seductor. Ya daba igual. Ella había comprobado, para su eterno pesar, hasta qué punto Nick podía ser provocativo. Y peligroso. Le había dicho que lo considerara una penitencia por haber atentado contra su vida. ¿Desde cuándo las penitencias eran tan dolorosamente dulces? Entró en el pequeño y bien equipado gimnasio cubierta con un grueso albornoz. En una de las esquinas había una mesa baja y acolchada que se empleó para hacer fisioterapia cuando Sally se rompió la cadera. Sería perfecta para dormir unas cuantas horas. A nadie se le ocurriría buscarla aquí, a menos que George decidiera hacer gimnasia sueca recién levantado. Si se le acercaba acabaría arrepintiéndose. Se acurrucó en el colchón de espuma y se tapó con el albornoz de rizo. El pelo mojado se extendía sobre la funda de plástico y cerró los ojos, colocando una mano bajo la cara. Mañana ya pensaría en una solución. Durante lo que quedaba de noche, al menos, estaría a salvo. -.-.-.- A las cinco de la mañana Miley renunció a la idea de dormir. La casa entera estaba tranquila, reinaba el silencio; por regla general los Jonas se levantaban tarde, y Constanza y Ruben no salían de su apartamento hasta pasadas las ocho. Resistió al impulso de volverse a duchar. Si Nick Jonas seguía aún en su cuerpo, entonces sería sólo cuestión de tiempo que sus huellas se borrasen del todo. Podía esperar. Se vistió apresuradamente, se peinó el pelo, enredado y húmedo todavía, y fue a servirse un café. La sofisticada cafetera automática estaba ya encendida, y pudo, a los pocos minutos, tomarse una taza de delicioso café indonesio. Caminó hasta el office, que nunca usaba nadie, y contempló los invernales jardines y los campos que bajaban hacia el río Connecticut. La nieve de fines de primavera había desaparecido tal como había venido, e incluso algunas rosas florecían tímidamente en los desnudos árboles. Apuró el café y volvió a llenar la taza. Esta mañana le serían necesarias grandes dosis de cafeína, y cualquier otra cosa que le ayudara a sobrellevar el día. Debía determinar cómo enfrentarse a la realidad de Nick Jonas. Notaba la casa distinta. Durante meses sólo habían vivido en ella los cuatro: Ruben y Constanza en su apartamento, que contaba con entrada propia; Sally, que moría lentamente en su cama de hospital, y Miley, que dormía arriba, en la antigua habitación de Nick. En la antigua cama de Nick, que había acabado compartiendo con él. Ahora no quedaba ni un cuarto libre en toda la casa. Todas las camas estaban ocupadas por los Jonas. A algunos les quería, a otros les toleraba, y a otros pocos en ocasiones les detestaba. Había demasiados Jonas bajo el mismo techo, era preciso que se fuera. Las puertas correderas y las cortinas del cuarto de Sally estaban cerradas. Miley ni siquiera se molestó en llamar a la puerta. La abrió, entró, y respiró el inconfundible olor a hospital mientras buscaba con la mirada la silueta acurrucada de Sally Jonas en la cama. —¡Benditos los ojos! —exclamó Sally. Su voz era extraordinariamente fuerte—. He oído un ruido en la cocina y he deducido que eras tú. Los demás no se levantan antes del amanecer a menos que sea imprescindible. Y desde luego son incapaces de hacerse un café. —Ya es de día. Amanece más temprano en esta época del año —dijo Miley tranquila, al tiempo que se aproximaba a la cama, agradecida de que sólo una tenue luz iluminara la habitación. En sus circunstancias le habría costado soportar una luz intensa—. Y Constanza había encendido la cafetera. Sólo he tenido que apretar un botón. Sally resopló. —Dudo mucho que toda esa pandilla supiese siquiera darle a un botón. Excepto Nick, quizá. Debe haber aprendido a manejarse solo durante todo este tiempo. —Miró a Miley con atención en la semipenumbra—. Siéntate a mi lado, Miley. Durante los últimos días no te he visto mucho que digamos. Tengo insomnio, a pesar da la infame cantidad de pastillas que me obligan a ingerir. Necesito hablar con alguien. —Tienes la casa llena de familiares —comentó, acercando la silla a la cama. —También es tu familia. Supongo que no me harás caso si te pido una taza de ese café. Huele de maravilla. —Te prohibieron la cafeína hace cinco años, tía Sally —le recordó Miley. —Todos sabemos que no me moriré de un ataque al corazón. No entiendo por qué no puedo permitirme algún lujo en mis últimos meses de vida. Miley tampoco lo entendía, pero no valía la pena discutir con los médicos. —Lo siento —se lamentó—. Será mejor que me lo lleve de aquí... —Hizo ademán de levantarse, pero la firme voz de Sally hizo que se detuviera. —Ni se te ocurra moverte, jovencita —ordenó. Echó un vistazo a Miley—. Estás espantosa. Miley se rió. —Tú también. Tía Sally se rió entre dientes. —Una de las cosas que más me gusta de ti, Miley, es que siempre me dices la verdad. Lo demás me mienten, me dicen lo que creen que me hará sentir mejor. Pero tú eres sincera. —¡Cómo si eso me sirviera de algo! —De todos modos, tengo motivos para estar espantosa. Estoy vieja y estoy al borde de la muerte. Tú eres una joven, eres guapa y estás en plena forma. Cualquiera diría que te ha pasado un camión por encima. Guiada por el instinto, Sally le acarició el rostro. —No lo dirás en serio, ¿no? —No. En realidad, tienes pinta de haber pasado la noche con un amante. ¿Lo has hecho? —No. —Era una verdad a medias. — sigues viendo con Bob? —Se llama Rob —respondió Miley con paciencia—, y no, hace meses que rompimos. —Me alegro. Nunca me gustó. Era demasiado bueno para ti. Miley se echó a reír. —Vaya, muchas gracias, ya veo que no merezco tener a mi lado a una buena persona. —Necesitas a alguien fuerte que sepa cómo tratarte. Mucha gente te considera una mujer dulce y tímida, pero eso es porque no te conocen tan bien como yo. En el fondo tienes el corazón de una guerrera. Hubieras destrozado al pobre Bob. —Rob. —Como se llame. Te mereces un hombre de verdad, Miley. Te diría mi bendición si encontraras uno. — qué es un hombre de verdad? ¿Uno que me utilice como mero objeto sexual? ¿O que me dé un cachete cuando hable más de la cuenta? —No acabarás con gente de tan baja estofa. Ni vienes de ese mundo ni terminarás en él. Miley miró a su tía, perpleja. —¿De dónde vengo, tía Sally? Sally cerró los ojos. —Ya lo sabes, Miley. Nunca te lo he ocultado. Eres la hija de una mujer sueca que trabajaba con nosotros. Nos dejó, se quedó en estado, y murió cuando tú eras todavía un bebé. Siempre le tuve cariño a Elke, y decidí traerte a casa. —Eso es lo que me has contado siempre. ¿Y qué hay de mi padre? Sally se encogió levemente de hombros. —Yo conocía a Elke, y eso era más que suficiente. Era una mujer maravillosa, dulce y elegante, que simplemente cometió un error, y pagó por ello, pero su hija no tenía por qué sufrir también. ¿En serio tenemos que volver a hablar de todo esto? —¿Cómo sabes que no he nacido en una chabola? —insistió. —Se ve en la clase —contestó con toda naturalidad. —Estoy segura de que a los que viven en chabolas les encantaría oír esto. —Vamos, Miley, no me vengas con monsergas de tinte liberal —se quejó Sally—. No tengo ganas de hablar de política. El mundo está formado por ricos y pobres. Tú has tenido la suerte de pertenecer al grupo de los ricos. —No —le corrigió Miley—. He tenido la suerte de haber sido educada por uno de los ricos. Sally esbozó una ligera sonrisa. —Pues muy bien no lo debo haber hecho si no he logrado que seas consciente del poder que le da a uno tener dinero. —El dinero no lo es todo. —¡Eso habrá que verlo! De todas formas es reconfortante saber que, aunque erróneamente, hay alguien en la familia que piensa así —explicó Sally—. Debes ser la única, a los demás les apasiona el dinero, a excepción de Nick, tal vez. —Miró a Miley con fingida dulzura—. ¿Qué opinas de él? Nick Jonas era la última persona en el mundo de la que a Miley le apetecía hablar. —Necesito más café —anunció, pero Sally levantó la mano con autoridad. Tenía un tubo intravenoso pegado a ésta, y Miley, que no lo había visto antes, tuvo que reprimir su sobresalto. —Sé que puedo contar contigo para que seas honesta y me digas la verdad. Dime lo que piensas. ¿Crees que es mi hijo? —Tenía los ojos un poco vidriosos a causa de los analgésicos, y cabía la posibilidad de que, en adelante, ni siquiera recordara haber mantenido esta conversación. ¡Qué más daba! Sally tenía razón; Miley decía la ver dad pasara lo que pasara. También podía evitar darle una respuesta directa. —No sabía que tuvieras dudas al respecto, Sally. —Y no las tengo. Sé perfectamente quién es y cómo es, pero que ría saber qué opinas. Tú eres una persona observadora y mucho me nos egoísta que el resto de mi familia; reparas en cosas que a los demás se les escapan. ¿Tú crees que es mi hijo? Quiso negarlo, pero no pudo. No, cuando la verdad era tan obvia. —Es el verdadero Nick, tía Sally —afirmó al cabo de un momento—. Estoy completamente segura. El fatigado rostro de Sally dibujó una pacífica sonrisa. —Sabía que podía contar contigo. Tú nunca me mentirías, ni te equivocarías en un asunto tan serio. ¿Cuándo has cambiado de opinión? —¿A qué te refieres? —Sé que al principio pensabas que era un impostor. Incluso ayer, en la cena, le mirabas como si fuera una especie de asesino en serie. ¿Qué ha ocurrido en las últimas horas? ¿Tiene algo que ver con la marca que tienes en el cuello? A Miley se le había pasado por alto esa huella en su recuento de mordiscos amorosos. Ni siquiera recordaba que Nick le hubiera mordido ahí, claro que gran parte de la noche le parecía una mancha confusa. —¿Piensas que me ha seducido para que le crea? —No, eres demasiado terca para caer en ese juego. —¡Yo no soy terca! —protestó. —Sí que lo eres. De lo contrario no soportaría tu presencia. Y además, si aún pensaras que Nick es un impostor, dudo mucho que hubiera conseguido seducirte. —No me sedujo. —¿No has pasado la noche con él? Podía negarlo, porque lo cierto era que no había pasado toda la noche con él. No había dormido con él. —En esta vida no todo es blanco o negro —manifestó en cambio—. Es tu hijo, no me cabe la menor duda. Por un momento dio la impresión de que Sally seguiría interrogándola, pero sólo asintió con la cabeza. —Menos mal que te tengo, Miley —comentó cariñosamente—. No sé qué haría sin ti. —Estarías perfectamente. —Su voz era firme y fría—. En realidad, he pensado en irme... —No viviré mucho —la interrumpió Sally con su habitual brusquedad. Miley no se movió. —¿Qué quieres decir? Sally sonrió con ironía. —Sabes muy bien lo que quiero decir. Los médicos han dicho que a estas alturas ya sólo pueden aliviarme el dolor, cosa que tampoco están consiguiendo. —Seguro que habrá algo que podamos hacer. —Miley no dejó que aflorara el miedo que sentía—. Cambiarte la medicación, averiguar si ha salido algún... —No. Se me está acabando el tiempo. Mi cuerpo lo sabe, yo lo sé. Lo he aceptado, y tú deberías aceptarlo también. No me lo pongas más difícil, cariño. Mi vida ha sido mejor de lo que merecía, y lo único que deseo ahora es tener a los seres que quiero junto a mí. A ti y a Nick. A ti y a Nick. La fuerza de voluntad la ayudó a no emocionarse, a no reaccionar.

El Impostor-Capitulo 28

Hasta ese momento no se había dado cuenta de que el aparato de música estaba en marcha. Era una música suave, lenta, tirando a blues, que hacía volutas en el aire cual volubles aros de humo. Miley estaba congelada en el tiempo y en el espacio, atrapada por los ojos azules de Nick y sus propias fantasías adolescentes. —No creo que... —balbuceó. Nick le tapó la boca con la mano. —Está bien —le dijo—. No pienses en nada. Quiero que cierres los ojos y te olvides de todo lo demás. —Sus manos, que Miley sintió frías sobre la espalda, subieron por debajo de la holgada camiseta. Al llegar a los omóplatos y estrecharla con más fuerza, Nick soltó un suspiro, un sonido de deseo puro y animal. —Te arrepentirás de esto —le advirtió ella en un susurro. —Yo siempre me arrepiento de las cosas que no hago, no de las que hago. —Lentamente, empezó a sacarle la camiseta por la cabeza. Miley sabía que debía detenerle; y también sabía que no lo haría. —Me sería más fácil si estuviese borracha —afirmó con temeridad. —Lo siento pero te quiero sobria. —La camiseta salió volando por los aires, y allí estaba ella, frente a él, vestida sólo con un par de viejos tejanos, y la luz de las llamas titilando entre sus cuerpos. Intentó cubrirse los pechos, pero Nick agarró sus muñecas antes de que las levantara y le sujetó los brazos mientras la contemplaba. —Ya no tienes trece años —le susurró. —No, ya no. Nick sonrió despacio, resultaba irresistible. —Mejor para mí. —Sujetándole aún las muñecas, Nick se inclinó hacia adelante y la besó lentamente en la boca, con exquisita delicadeza. Durante unos instantes Miley fue simplemente una espectadora perpleja y agradecida. Ese hombre sabía besar. Sabía seducir, tentar, inquietar a una mujer, para más tarde calmarla, y todo gracias a la impresionante habilidad de su boca, sus labios, su lengua y sus dientes. Le mordisqueó suavemente el labio inferior. —Esta vez tienes que devolverme el beso —dijo Nick pegado a su boca. —Tu maestría es admirable —murmuró ella. —Tengo mucha experiencia. —Nick le deslizó las manos por sus brazos, la cogió por los hombros y la apretó con fuerza. Miley sintió el impacto de sus senos contra el pecho de Nick, bajo cuya suave piel, fría todavía, ésta notó cómo le latía el corazón, apresurado. Pero el corazón de Miley latía casi a igual velocidad, y no era por una dosis de adrenalina adicional, sino enteramente debido a él. Miley nunca pensó que un beso podía llegar a ser tan flagrantemente erótico. Siempre le había parecido que era un ingrediente necesario en los juegos preliminares, algo que formaba parte del inevitable viaje hacia la cama, pero no un elemento de seducción en especial. Sin embargo, Nick besaba como si besar fuese un fin en sí mismo, como si en su boca hallara un total y verdadero placer. Lo menos que podía hacer a cambio era devolverle el beso. De alguna forma las manos de Miley habían ido a parar al cuello de Nick, y sus dedos se enredaban entre los largos cabellos de éste. Cerró los ojos; no quería mirarle, no quería admitir la estupidez que estaba cometiendo. Le besó torpemente, y desde lo más hondo de su garganta Nick profirió un gruñido de excitación absolutamente animal. Ese sonido humedeció el cuerpo de Miley. Nick debió darse cuenta. Bajó las manos y la agarró por la cadera, la levantó sin apenas esfuerzo y las piernas de Miley rodearon su cintura mientras se dirigían hacia la cama. La tumbó en la cama, él hizo lo propio colocándose entre sus piernas, como si perteneciera a ese lugar. Su presencia era imponente, estaba muy duro y excitado, y se inclinó sobre ella, estremeciéndose lenta e insidiosamente, inmovilizándole las manos sobre las arrugadas sábanas. —Adelante, Miley, cierra los ojos —le susurró—. Imagínate que es un sueño erótico, que en realidad no está sucediendo, que no es más que una fantasía. Sabía que era una cobardía, pero hizo lo que le dijo Nick, temerosa de mirarle a los ojos, a sus ojos de inglés, de ver su boca, de admitir lo que estaba haciendo. Estaba echada de través en esa cama en la que había pasado tantas noches a solas. Nick bajó de la cama, se inclinó sobre ella, a oscuras, y dio con el cierre de sus tejanos. En un intento por detenerle, Miley le agarró de la mano, pero Nick simplemente la apartó, le desabrochó los pantalones y se los quitó, dejándola desnuda, estirada a oscuras; vulnerable; asustada. La cogió por las caderas y la movió hacia el extremo superior de la cama para poderle poner la boca entre las piernas. Miley sacudió el cuerpo en señal de protesta, procurando deshacerse de él, pero Nick tenía demasiada fuerza, y hundió los dedos en sus caderas, obligándola a permanecer quieta. —No seas infantil, Miley —le susurró en la penumbra de la habitación—. Acepta lo que te ofrezco. Miley ensartó sus dedos en el pelo de Nick, estirándolo, pero éste hizo caso omiso, y presionó su lengua contra ella. Miley tuvo ganas de llorar. Odiaba esto. Nunca había accedido a que un hombre le hiciera tal cosa; era demasiado íntimo, demasiado humillante y degradante. Dejó caer las manos sobre el colchón, apretando los dientes, tratando de ahuyentar los sentimientos que recorrían en espiral su resentimiento. Estaba temblando, sus puños estrujaban trozos de sábana, y se mordió el labio con fuerza para no decir nada, para no tener que pedir nada, lo mordió con tal intensidad que su boca sabía a sangre, y quiso que Nick parase, quiso salir discretamente de la oscuridad, alejándose de ese dulce humo de confusos deseos que la impedía concentrarse en todo aquello que no fuera lo que él le estaba haciendo. Cuando estaba a punto de alcanzar el clímax, Nick se detuvo, y ella gritó desconcertada, desesperada, abrió los ojos y le vio estirándose sobre ella, tenía el cuerpo caliente, ardiendo, resbaladizo a causa del sudor, le cogió la cara con ambas manos y la miró con ojos abrasadores. —¿Estas segura de que quieres que pare? Miley le miró, incapaz de pronunciar palabra. Estaba ardiendo, temblando, jamás había necesitado algo con tal fiereza. Nick le tocó el labio y se manchó los dedos de sangre. —Te has mordido el labio —constató—. Muerde el mío. —Y puso su boca sobre la de Miley. Debió hacerle daño, pero no podía pensar en ello. Cuando Nick apartó la boca, que estaba caliente y húmeda y también sangraba, la besó en el cuello. Miley se preguntó si, como los vampiros, le habría dejado un reguero de sangre. Se preguntó si, de ser así, le importaría. No podía respirar. Cuando las manos de Nick se posaron finalmente sobre sus senos, Miley arqueó la espalda al tiempo que una pequeña convulsión recorría su cuerpo, y le buscó, intentando acercarle más a ella, necesitaba acabar esto, llegar hasta el final. —Tranquila, Miley —susurró Nick, empujándole la espalda de nuevo sobre las sábanas—. No hay ninguna prisa, tenemos todo el tiempo del mundo. —No —dijo ella con voz ahogada. Abrió los ojos y vio la luz del fuego iluminar sus cuerpos, tenebrosos, paganos, mágicos—. No me obligues a... suplicarte. Nick le deslizó las manos por las piernas, abriéndolas. —No, cariño, no quiero que me supliques —susurró—. Seré yo quien te suplique.

miércoles, 19 de junio de 2013

El Impostor- Capitulo 27

Se paró en seco, de espaldas a él, y una terrible sospecha acudió a su mente. Se giró, y sin mediar palabra indignada, fue hasta la jeringuilla usada. Estaba en un envoltorio médico, y pese a la poca luz que había pudo leer la etiqueta. Era epinefrina, recetada para frenar reacciones alérgicas graves; como una reacción fulminante a las gambas. Se sintió como si le acabaran de dar una patada en el estómago, todas sus ramificaciones se alteraron. Se estremeció, su cuerpo entero tembló, y no se dio cuenta siquiera de que Nick se había levantado del sofá y estaba detrás de ella. La rodeó con los brazos, apretándola contra la helada humedad de su piel, y Miley notó los rápidos latidos de su corazón provocados por el fármaco que había ingerido para esquivar la muerte. —No te agobies, Miley —le susurró al oído—. Me dio tiempo de llegar a la habitación y nadie notó nada. No eres la primera persona que intenta matarme, y probablemente no serás la última. Al menos tu intención no era ésa. —Es imposible —comentó Miley sin apenas voz—. No puedes ser tú. —En esta vida cualquier cosa es posible. Lo sabrías si no hubieras vivido tanto tiempo metida en la burbuja de los Jonas. El hecho de que vieras a alguien disparándome hace años no significa que tenga que estar muerto. Miley no pudo armarse de suficiente valor para mirarle. Quería alejarse de él, de los acusatorios latidos de su acelerado corazón, pero no podía. Hasta entonces no se había dado cuenta de lo grande que era Nick, que la estrechaba, la envolvía y la dominaba con su imponente cuerpo. —No sirve como prueba —dijo ella débilmente, con la esperanza de que él la soltara. No lo hizo. —No, no sirve como prueba. Hay mucha gente alérgica a las gambas; mucha gente que tiene los ojos azules y se parece a mí; un sin fín de gente que tiene una cicatriz en la cadera. Lo había olvidado. Era así de simple, así de obvio. Una carga más en su conciencia, tan fuerte que la había borrado de su memoria. Miley tenía nueve años y él, que tenía catorce, le estaba estirando de sus largas y rubias trenzas, la estaba pellizcando, molestando y haciendo cosquillas, hasta que ella se giró y le dio un tortazo. Por desgracia, estaban al borde del acantilado que daba a South Beach y Nick, que llevaba unas bermudas vaqueras, perdió el equilibrio y se cayó por la larga y rocosa cuesta. Casi todo lo que se hizo fueron rasguños y magulladuras, a excepción del tremendo corte que cruzaba de un lado a otro el hueso izquierdo de su cadera, por el que recibió doce puntos y asistió al ataque de histeria de Miley, la cual, pese a saber lo mucho que él estaba disfrutando viéndola preocupada y llena de remordimientos, no dejó de sentirse como una asesina. Como una asesina se sentía también ahora. —¿Una cicatriz? —repitió como si la cosa no fuera con ella. —De aquella vez que me tiraste por el acantilado. Un dato más. Nick no contó jamás a nadie que Miley le había empujado. Siempre explicó que estaba haciendo el gamberro y que había tropezado, y aunque eso aumentó en cierta medida su poder sobre ella, ésta no dijo nunca la verdad. Nadie sabía lo que había ocurrido salvo el verdadero Nick Jonas ¿Quién era el hombre que estaba a sus espaldas, que la apretaba contra sí y tenía todavía el corazón acelerado debido a los efectos secundarios de su cruel intento de ponerle a prueba? —No me lo creo —afirmó ella. —No quieres creértelo. —Suéltame. —Por supuesto.-- no se había percatado de que los brazos y el cuerpo de Harry la habían estado sujetando. Al soltarla, titubeó un instante, desconcertada. Cuando se dio la vuelta Nick la estaba contemplando a unos metros de distancia, tenía aspecto de estar extrañamente cansado y satisfecho. —Quiero ver la cicatriz. —Te pareces a Santo Tomás —la reprendió—. Si a ti no te importa verla, a mí tampoco. —Agarró el botón de los tejanos, y ella gritó alarmada. Nick sonrió, y desplazó la mano hasta la cintura, bajándose los pantalones ya desabrochados hasta la altura de la cadera. Una cicatriz blanquecina atravesaba el hueso de un extremo a otro, tal como ella lo recordaba. Quizá demasiado idéntico a lo que recordaba. —No parece muy antigua —le dijo. Harry soltó un suspiro de aguda exasperación, y en un abrir y cerrar de ojos cogió la mano de Miley, la acercó a su cuerpo y la posó sobre su cicatriz, dentro de la cintura de sus pantalones. —¿Necesitas tocarlo para creerlo, Miley? —murmuró cerca de ella, demasiado cerca—. ¿Qué más necesitas tocar? Miley trató de retirar la mano pero él no tuvo escrúpulos en retenerla a la fuerza. Tenía la piel caliente, lisa y suave, la cicatriz, un áspero surco bajo las yemas de los dedos. De pronto reinó el silencio en la habitación. Podía oír el ligero silbido y el chisporroteo del fuego mortecino; el ruido sordo y apresurado de los latidos del corazón de Nick; su propio pulso acelerándose. Sintió el loco y salvaje deseo de arrodillarse ante él y poner su boca sobre la cicatriz. Bajó la cabeza, segura de que él adivinaría ese repentino e insensato impulso, de que sabría lo que pasaba por su mente. La conocía demasiado bien; sabía cuán vulnerable era, lo que quería y lo que necesitaba. Podía estar agradecida por que la desaparición de Nick hubiese coincidido con sus años de crecimiento más delicados. La culpa y el miedo con los que había vivido eran un bajo precio a pagar a cambio de estar lejos de él. Miley estaba ahora a su alcance. Tenía la mano atrapada bajo la de él, y sus cuerpos estaban tan juntos que prácticamente podía sentir el roce de la piel de Nick a través de la camiseta, de los holgados tejanos. —Nick, te lo suplico —le rogó sin estar segura de lo que le estaba pidiendo. —Has estado a punto de matarme por segunda vez, Miley —le susurró acercando su boca a la de ella—. No estoy diciendo que no me lo merezca. Creo que me gusta llevarte al borde del asesinato. —Eso puede resultar peligroso —apuntó ella en voz baja. —No del todo. —Le rozó los labios con los suyos, con tal rapidez que Miley apenas notó el contacto—. Siempre sé cuándo hay que parar. —Le puso la boca sobre el cuello, ahí donde el pulso se le aceleraba frenéticamente, y ella sintió la humedad de su lengua, probándola. —No te creo. —Nunca lo has hecho. —Le besó la base del cuello, y durante todo el rato la mano de Miley permaneció sobre su desnuda cadera—. Te sientes más segura creyendo que soy un mentiroso y un impostor, aunque tengas la verdad delante de tus narices. Te guste o no, Miley, soy yo. Tu amigo de la infancia. Tu tortura juvenil. Tu primer amor, que ha vuelto para recuperarte. Miley trató desesperadamente de recobrar la calma. —Tú alucinas —le soltó. —Soy yo. —Ascendió por el otro lado del cuello, saboreándola, mordisqueándola y besándola, y ella se descubrió a sí misma agarrando su cadera, deseando acercarla hacia sí—. No hay escapatoria, Miley. Soy el protagonista de tus sueños eróticos y a la vez de tus peores pesadillas. Finjamos que haces esto a modo de penitencia. —Que hago, ¿qué? —Acostarte conmigo. —Yo no... —Nick ahogó su protesta con un beso. Y en medio de su inmensa y paralizante desesperación, Miley supo que se acostaría con él. ------------------------------------------------ Eso es todo por hoy :O lo se, lo dejo en lo mejor hahahaha bye. Comenten, mañana dejo mas capitulos.

El Impostor- Capitulo 26

Prueba concluyente, se dijo Miley mientras iba de un lado a otro de la biblioteca, tratando de serenarse antes de meterse en la cama. Para ella esa prueba era suficiente, pero dudaba que los demás la creyeran. A fin de cuentas, no podía demostrar que había puesto trozos de gamba en las crepes, contaba sólo con su palabra. Y en realidad, la proporción de gamba era tan pequeña que probablemente Nick ni siquiera la había probado. Desde el principio había sido una idea *beep*, una oportunidad del destino a la que no se había podido resistir. Una vez hubo apagado la luz, la asaltó una idea inesperada y desagradable: ¿y si la alergia le había sorprendido estando solo en su cuarto? ¿Y si se había desplomado sobre el sucio tras perder el conocimiento? ¿Y si se moría estando solo por su culpa? —Eso es ridículo —dijo en voz alta y a oscuras. Pero esa duda ya no la abandonaría, y al cabo de una hora supo que no podría dormir hasta estar completamente segura de que el impostor estaba bien. Salió de la cama y se puso unos tejanos debajo de la camiseta. Además, no tenía especial inconveniente en echarle en cara que había demostrado ser extraordinariamente inmune a algo que debería haberle producido terribles vómitos. La casa estaba a oscuras y en silencio. George y Tessa aún no habían vuelto de esquiar, pero tanto Sally como sus hermanos ya se habían retirado. Las escaleras no emitieron ruido alguno mientras Miley las subía, y cuando llegó a la habitación del otro extremo del pasillo —la que antes era suya— la sensación de triunfo casi le produjo vértigo. Golpeó la puerta con discreción y esperó. Salía luz por debajo de ésta, pero no se oía ruido procedente del interior. Volvió a golpear, llamando al intruso por el nombre que había robado. Seguía sin responder. Ya se iba cuando oyó un golpe al otro lado de la puerta, y luego el jugueteo del pestillo. A lo mejor no estaba solo, pensó de pronto. A lo mejor Tessa le había involucrado en todo esto y a lo mejor estaba ahí con él, en la cama... La puerta se entreabrió, impidiéndole ver el interior. Allí estaba él, frente a ella, sin camiseta, casi amenazante. —¿Qué quieres, Miley? —le susurró con brusquedad, tragándose las palabras. Durante unos instantes Miley no pudo moverse. —¿Estás solo? Nick se rió con rudeza. —Sí, estoy solo. ¿Con quién creías que estaba? —¿Con tu cómplice? —replicó Miley. —Que te jodan. —Empezó a cerrarle la puerta en las narices, pero ella alargó el brazo y, para su propio asombro, la detuvo. —¿Te encuentras bien? —le preguntó. Nick podía haber dado un portazo —era mucho más fuerte que ella— pero no lo hizo. Simplemente la miró con los ojos entornados, su mirada, intensa y brillante, contrastaba con su pálido rostro. —¿Acaso no debería? No dejaría de sentirse culpable hasta haberse asegurado de que estaba bien. —¿Puedo pasar? La sonrisa burlona de Nick le recordó lo exasperante que podía llegar a ser. —Por supuesto, cariño. ¿Por qué? ¿Por qué no me has dicho de entrada que eso es lo que querías? Siempre estoy dispuesto a ayudar al prójimo. Sin embargo, no abrió más la puerta, y ella supo que lo más inteligente habría sido marcharse. No se sentía muy inteligente. Empujó la puerta, y él retrocedió, dejándola entrar en la habitación apenas iluminada. Nick tropezó con el gran sofá lleno de cojines que había frente a la chimenea, que Miley escogió en su momento por su comodidad, y se tumbó en él elegantemente al tiempo que la miraba con sonrisa burlona. —Cierra la puerta y echa el pestillo, encanto —murmuró—, y sirve un par de copas. Miley prefirió cerrar la puerta antes que cualquiera de los metomentodo Jonas escuhara la conversación por casualidad, pero no echó el pestillo. —Me parece que ya has bebido lo suficiente —comentó en un tono frío. Su semblante se volvió serio al estirarse en el sofá. —Tal vez sí —dijo—. Tal vez no. Los ojos de Miley se empezaban a acostumbrar a la escasa luz del fuego. Había estado tratando de evitar mirarle de cuello para abajo —su cuerpo era innegablemente inquietante— pero ya no podía hacerlo. La piel de Nick, incluso en invierno, estaba tersa, y bajo ésta se definían sutilmente sus músculos. Los tejanos se apoyaban sobre su cadera. Miley, nerviosa, tragó saliva. Entonces se dio cuenta de que una fina capa de sudor cubría su piel, y de que su mirada fría y burlona, brillaba ligeramente; aunque sabía que no era cierto, se dijo a sí misma que estaba borracho. —¿Se puede saber qué te pasa? —le preguntó. —Nada. —Nick sonrió con dulzura—. ¿Por qué no te acercas y me dejas ver qué llevas debajo de esa holgada camiseta? No llevaba nada, y él lo sabía. Miley se quedó donde estaba. —No eres Nick Jonas —le espetó. —¿Has venido hasta aquí para decirme eso? No, no lo creo. ¿Por qué no te sacas la camiseta y me dejas besarte? No alcanzaba a comprender cómo un hombre podía seducirla y molestarla a la vez. El auténtico Harry tenía esa misma virtud. —¿Por qué no duermes la mona? —dijo ella, dándose la vuelta. —Eso es exactamente lo que haré —susurró—. ¿No vas a decir me por qué me has obsequiado con una visita en plena noche? —Quería cerciorarme de que estuvieras bien. —¿Y por qué no iba a estarlo, Miley? —Aunque suave, la pregunta era claramente acusatoria. —Porque... —Se le ahogaron las palabras al ver una jeringuilla sobre la mesa. Se giró, totalmente horrorizada—. ¡Tomas drogas! Nick no respondió, se limitó a sonreír. —¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves a presentarte en esta casa haciéndote pasar por Nick Jonas y a inyectarte tus sucias drogas a escondidas y... —Es un antiséptico —murmuró Nick para sí. —La rompería si no temiera contraer el SIDA —dijo, furiosa. —Oh, no sufras, no volveré a usarla. Tiene capacidad para una única dosis. —Parecía estar divirtiéndose con su indignación. —Eres un cerdo —le insultó—. No pretenderás morirte aquí, ¿verdad? No creo que tía Sally pudiera soportarlo. —¿Y por qué tendría que morirme? —Debes haberte inyectado algún tipo de estimulante. ¿Cocaína, tal vez? Tu respiración es rápida y superficial, y me apuesto lo que sea a que tu corazón late aceleradamente. —Puede que mi corazón lata deprisa porque te tengo cerca, doctora Miley —se mofó. —Voy a buscar a la señora Hathaway. Será mejor que te vea una enfermera. —No hace falta que la molestes; estoy bien. Le miró fijamente, su cuerpo, estirado en el sofá que tanto gustaba a Miley, era apetitoso y despreciable. —Me encantaría matarte —dijo ella con voz fría y firme, dando la vuelta y dirigiéndose hacia la puerta. —No te preocupes, siempre puedes volver a intentarlo.

El Impostor- Capitulo 25

Después de todo, era verdaderamente fácil hacerlo. En realidad era tan fácil que en modo alguno Miley podía resistirse a tal oportunidad. Eso se decía ella al tiempo que desechaba cualquier rastro de culpabilidad. No había nadie en la cocina; Constanza había interrumpido los preparativos de la cena para servir el té a tía Sally y a su hijo. No es que los demás fueran deliberadamente excluidos; Warren detestaba el té, Patsy estaba descansando, y sus hijos habían ido a intentar esquiar. Era mucho más sutil que eso: Sally quería estar a solas con su querido hijo, y Miley era demasiado generosa para importunarles, pero no lo suficiente para sentirse ofendida. El relleno para las crepes de marisco estaba en un bol cerrado cubierto por cubitos de hielo. Las enormes gambas estaban en otro sitio, lejos del recipiente, como si su mera proximidad pudiese intoxicar a Nick y ponerle en peligro. Habría sido muy fácil trocear una de las gambas, ya peladas, y mezclarla con el relleno de cangrejo y lenguado, de forma que pasara totalmente desapercibida. Un trozo tan pequeño no perjudicaría ni a la más sensible de las alergias. Dado el caso de que Nick comiera alguna crepe, la porción de gamba sería tan microscópica que ni siquiera valdría como prueba. No tenía motivos para sentirse culpable, se recordó a sí misma cuando se cruzó con Constanza al salir de la cocina. Al fin y al cabo, el propio impostor la había retado a que encontrara pruebas. Sally había descarta do la prueba de ADN, pero ésta era mucho más rápida y sencilla. Nick se comió tres crepes contaminadas con gamba. Miley es taba sentada frente a él, jugando con la comida, observando y sin prestar casi atención a Warren y a Sally, que hablaban de política, ni a Nick, que flirteaba con una tía Patsy ligeramente borracha. Por alguna razón no tenía mucho apetito. —Hoy no estás muy habladora, Miley —comentó Warren de pronto, clavando los ojos, de color claro, en ella. Le faltó poco para volcar el vaso de vino. —Estoy cansada del viaje. —Me ha dicho Nick que has dormido durante todo el trayecto de vuelta —apuntó Sally, mirándola—. A lo mejor estás incubando algo. —¡Ni te acerques a mí! —chilló Patsy tragándose las palabras—. No me puedo permitir el lujo de estar enferma. Odio las enfermedades. ¡Y por el amor de Dios, no se lo digas a George! Su miedo al contagio es patológico. —Pero si George es más fuerte que un toro —intervino Warren resoplando. —Eso no significa que no se preocupe. Se pasa el día con sus amigos yendo al club y no dedica ni un minuto a su madre. Ya le veo poco como para que encima se vaya corriendo a Nueva York por miedo a constiparse. —¿A qué club va? —preguntó Nick. —¡Ufff…! No tengo ni idea —respondió Patsy, y movió la mano con despreocupación—. Es socio de muchos clubes, son todos terriblemente caros. Va a clubes de mantenimiento, clubes naturistas y cosas así. —Nunca me dio la impresión de que a George le interesara lo naturista —comentó Nick. Patsy le miró con extrema antipatía. —No te puedes imaginar la cantidad de aficiones que tiene un hombre como George. —No —apuntó Nick; el tono de su voz manifestaba cierto nerviosismo—, no me lo imagino. —No os preocupéis, no estoy enferma —anunció Miley con exasperación apenas controlable. —¿Por qué estás tan segura? Normalmente eres capaz de mantener conversaciones aceptables —se quejó Warren—. Venga, vete a la cama y bebe mucho zumo de naranja. No podemos permitirnos que te pongas enferma justo ahora. —No, Caro —intervino Patsy—. Ya sabes lo mucho que contamos contigo en tan tristes momentos. —Aún no estoy muerta —dijo Sally en tono irónico—. Y teniendo en cuenta que Nick ha vuelto, no me parece que sean momentos tristes. Me iré por la puerta grande. —¡No! —exclamó Miley, apartándose de la mesa—. ¡No quiero ni oír hablar de eso! —Miley, cariño, me estoy muriendo —dijo Sally en voz baja—. Es un hecho ineludible. —Déjalo estar —aconsejó Nick inesperadamente—. Lo ha pasado mal estos días. —Espero que no haya sido por tu culpa. —La voz de Sally sonaba repentinamente firme—. Te quiero mucho y me alegra enormemente que estés en casa, pero no quiero que molestes a Miley como solías hacer. —¿Como solía hacer? —repitió Nick, con fingida inocencia. —Tal vez pienses que no sabía lo que ocurría, pero estaba al corriente. Te encantaba fastidiar a Miley hace unos años; debiste convertir su vida en un infierno. —Entonces, ¿por qué no me paraste los pies? —La voz de Nick era apacible, la pregunta, eminentemente razonable, inundó la estancia entera. Sally se sobresaltó. —Yo... mmm... lo intenté. Por aquel entonces era imposible controlarte. ¡Eras un diablillo, un cabezota! Lo intentamos todo, ¿verdad, Warren? —Eras problemático, es cierto —comentó Warren—. Además, los niños siempre se meten con sus hermanas pequeñas. —Miley no era mi hermana —apuntó con suavidad—, porque nunca os tomasteis la molestia de adoptarla. Miley levantó la cabeza bruscamente para mirarle. Era como si Nick estuviera enfadado con ellos por no haberla protegido. Algo ridículo, desde el momento en que supuestamente era él el malo de la película. —En cualquier caso, sobreviví —dijo Miley, tirando la silla hacia atrás—. Y estoy segura de que tenéis asuntos más importantes que discutir que mi infancia que, dicho sea de paso, fue estupenda. Si no tenéis inconveniente, me voy a la cama. —¡Ya decía yo que no estaba muy católica! —exclamó Sally—. Descansa, Miley, y no te preocupes por mí. Nick y la señora Hathaway velarán por mi bienestar. Miley logró esbozar una sonrisa. —Mañana estaré bien. —Caminaba en dirección a tía Sally para darle un beso de buenas noches, cuando el brazo de Warren salió disparado para detenerla. —¿No crees que sería mejor que no te acercaras mucho a Sally hasta estar seguros de que no tienes nada contagioso? —dijo con dureza. —¡Excelente idea! —exclamó tía Patsy, cogiendo su copa de vino. Nick no dijo nada. Claro que tampoco lo necesitaba. Estaba allí sentado, digiriendo con toda tranquilidad las gambas que deberían haberle producido alergia.

El Impostor- Capitulo 24

El Impostor- Capitulo 23

Nick la observaba. Miley dormía como un bebé, acurrucada medio de lado en el asiento delantero y con la mano debajo de la cara. Probablemente se chupaba el dedo de pequeña. Rastreó su memoria, pero no disponía de tal información. Miley siempre había sido más madura de lo que le correspondía, una adulta en miniatura pendiente de su familia adoptiva. Entró en la familia a la edad de dos años, y desde el primer instante supo que estaba viviendo un tiempo prestado. De niña era melancólica y de maneras correctas, de adulta era igual, con todos salvo con él. Siendo adolescente, Nick Jonas conseguía siempre ponerla nerviosa. El hombre que se sentaba junto a ella en el coche tenía al parecer esa misma y cruel habilidad. Necesitaba que la hicieran rabiar más a menudo, y desde luego él sabía cómo hacerlo. Pero no en este momento. Estaba exhausta; bajo los ojos, dos sutiles manchas moradas surcaban su piel, y ni siquiera se enteró cuando el ferry atracó y él puso el coche en marcha. Nick pensó que tal vez estaría fingiendo, eliminando así la necesidad de entablar conversación. Claro que, por lo que a él se refería, Miley no estaba cuidando mucho sus modales. Sospechaba que él era la primera persona con la que se había mostrado aparentemente grosera, cosa que debía resultarle absolutamente liberadora. Miley se movió bajo el apretado cinturón y murmuró algo. Nick no acabó de entender sus palabras, pero dedujo que no era importante. Por extraño que parezca, le alegraba dejarla dormir mientras conducía en dirección norte en medio de un tráfico cada vez menos denso. El hecho de que durmiera tan profundamente era un indicio de que se sentía bastante confiada. Ella no lo reconocería nunca, pero él sabía que era así y le conmovía. ¿Le quería? Muy posiblemente, a pesar de su manifiesta y apabullante antipatía. No sabía si se estaba haciendo ilusiones al respecto, o si realmente la noche anterior, en el tejado del porche, había saborea do el principio de una respuesta. ¿La quería él? Sin lugar a dudas. Y tenía la firme intención de tomárselo con calma, de pasar muchas horas, largas e interminables, en la cama con ella, sin fantasmas, sin miembros de la familia respirándoles en el cogote, vigilándoles como parecían estar haciendo siempre. Lo más sensato sería esperar hasta que todo esto hubiera terminado, hasta que Sally muriera y las aguas volvieran a su cauce. Entonces ya nada se interpondría entre ellos, ni las mentiras, ni las farsas ni la familia. El problema era que no estaba seguro de tener la paciencia de esperar. Cuando ya sólo faltaba media hora para llegar a casa, Miley se despertó, aunque procuró disimularlo para no tener que hablar con él. Si la generosidad hubiese sido una de sus virtudes, habría respetado su renuencia, pero no lo era. —¿Has dormido bien? —inquirió. Ella no se movió, obviamente tratando de decidir si podía seguir fingiendo o no. Estuvo acertada al darse cuenta de que era una causa perdida, y abrió los ojos, aún ligeramente aturdidos por el sueño. —Bastante bien —respondió—. No he soñado contigo. —Eso ha sonado como si hubieras soñado conmigo en otras ocasiones. ¿Lo has hecho? ¿Era un sueño erótico? —No exactamente —contestó con un estremecimiento que disminuía su atractivo. Nick sonrió. —¿Soñabas conmigo cuando eras adolescente? —Esperaba que Miley reaccionara con su habitual hostilidad, pero estaba demasiado cansada. —Cuando se fue Nick, solía tener pesadillas con él —dijo lentamente—. Las tuve durante años, hasta que finalmente decidí buscar una solución. —¿Y qué hiciste? ¿Le exorcizaste? —Usó la palabra «le» intencionadamente —Acudí a una terapeuta de la universidad, que me ayudó a distinguir los recuerdos de la fantasía. —¿Y qué recordaste? ¿Qué era lo que te obsesionaba? —Su tono de voz era mordaz, pero pensó que todavía estaría dormida para notarlo. Miley se giró y le miró con ojos completamente despejados y tranquilos. —Soñé que moría. Soñé que veía a alguien disparando a Nick Jonas y tirando su cuerpo al mar. Había logrado sorprender a Nick. —¡Menudo sueño! —exclamó al cabo de unos instantes—. ¿Y no hiciste nada para impedirlo? Debes haberle odiado. No me extraña que no soportes mi presencia. ¿O es que te sientes culpable? —No habría podido salvarle. —Tampoco lo intentaste. —Tampoco murió, ¿no? —Contraatacó con ironía—. Al fin y al cabo, estás aquí, estás vivo y asquerosamente bien. —Pero tú viste cómo me moría. ¿Viste quién me disparó? —Miley guardó silencio, y lo más inteligente hubiera sido dejarla en paz, esperar a que estuviera preparada para hablar, pero no se sentía especialmente listo o paciente—. ¿Lo viste? —No. —El cinturón la molestaba, sus elegantes manos se movían con nerviosismo—. Sigo sin tener claro del todo qué eran recuerdos y qué pesadillas. —Creía que me habías dicho que la terapeuta te enseñó a distinguirlos. —Me ayudó a exteriorizarlos. Solucionarlo era imposible, así que sólo me quedaba desterrarlo de mi vida. —Y mi regreso ha reavivado todo. Comprendo que me odies.

El Impostor- Capitulo 22

Tal como se había imaginado, el sueño volvió a repetirse aquella noche con más intensidad que nunca. Sin embargo, no era Nick, joven y malhumorado, quien entraba en la habitación de Miley, sino su impostor. Ese hombre que, como Nick, tenía la mirada perdida, la misma boca sensual, trazada con mayor precisión ahora que cuando era un niño, que la miraba y la llamaba. En su sueño le veía estirado en la playa mientras el agua se arremolinaba a su alrededor y su asesino observaba de cerca cómo la sangre manaba de su cuerpo, llevándose su vida consigo. —¿Por qué no me has salvado? —le decía con voz casi imperceptible—. ¿Por qué no has pedido ayuda? Pero no era la voz del verdadero Nick la que oía, sino la del impostor, y al despertarse, ya de día, éste la estaba contemplando desde el quicio de la puerta. —Si quieres que cojamos el primer ferry tenemos que salir dentro de quince minutos —anunció. Miley, como siempre, usaba una camiseta grande para dormir, y no estaba dispuesta a levantarse de la estrecha cama de hierro estando él delante. —Estaré lista —dijo—. Si te vas. Nick permanecía apoyado contra la puerta abierta, parecía fastidiosamente descansado. No había sido atormentado por las pesadillas ni los recuerdos de una muerte. El pelo, castaño, que llevaba revuelto, aún estaba húmedo de la ducha, e iba vestido como solía hacerlo, con unos tejanos desteñidos y un jersey de algodón de color verde, que volvía sus ojos azules algo más verdes también. —¿Por qué has dormido aquí? —preguntó Nick con indiferencia—. Hay un montón de habitaciones disponibles, ya no hace falta que juegues a ser una niña marginada. —Era lo más lejos que podía estar de ti —dijo con fingida dulzura. No funcionó. —Buen intento —comentó él—. Creo que te gusta tu papel de pobre huérfana maltratada por sus ricos benefactores. Fue como si le hubiesen dado un ****azo en el estómago, una verdad tan dolorosa como inesperada que le impidió pronunciar palabra; sólo pudo mirarle a los ojos mientras su rostro palidecía. —Bastardo —logró decir finalmente, exteriorizando únicamente una parte de su justificada indignación. —¿Lo niegas? —No niego ninguna de tus ridículas fantasías. O sales de mi habitación o perderemos el ferry. —Te espero en el coche. —¿Y la casa...? —He llamado a Sally desde el teléfono celular. Me ha dicho que vendrá alguien a ocuparse de todo cuando nos vayamos. Vístete, Miley, si no me iré sin ti. La puerta se cerró tras él sin hacer el menor ruido, y a Miley le inquietó pensar que, en efecto, sería capaz de irse sin ella. Nada le con vendría más que tener a Sally para él solito, sin su intromisión. Estiró las sábanas de la cama y se vistió apresuradamente, cogió sus zapatillas de deporte y bajó descalza las escaleras. Nick estaba apoyado en la barandilla, con una taza de café en la mano. Hubiera dado cualquier cosa por una taza de café, pero preferiría estar muerta antes que pedirle nada. —¿Estás lista? —preguntó Nick, yendo hacia el coche—. El retrato ya está cargado, sólo faltas tú. Nick llevaba una segunda taza de café en la otra mano, estaba claro que había percibido su mirada suplicante. —¿Quieres café? A Miley le hubiera gustado tener suficiente fuerza de voluntad para rechazarlo, pero no lo hizo. Alargó el brazo para coger la taza, pero él la apartó. —Primero tienes que sonreír y decir buenos días. —Primero tienes que irte a la mierda. La tenue sonrisa de Nick resultaba absolutamente exasperante. —Un cumplido a cambio de un café. Venga, Miley, no creo que sea tan condenadamente difícil. Miley le obsequió con una sonrisa forzada. —Buenos días, Nick. Espero que hayas dormido a las mil maravillas. Sí, aceptaría gustosa una taza de café, eres muy considerado al ofrecérmela. De haber vuelto a apartar la taza, Miley se la habría tirado encima, pero el instinto de supervivencia de Nick era fuerte. Había ganado el asalto, no hacía falta llevar las cosas más lejos. —Sube al coche —ordenó él. —Aún no he acabado el café. —Pues llévatelo. No supo qué más objetar. Miley apuró el café, dejó la taza sobre la barandilla y fue hacia el coche. Si el silencio que reinaba en su interior no era agradable, al menos era relativamente pacífico, de modo que se reclinó en el asiento, con la intención de dormir durante el trayecto. Nick parecía estar dispuesto a no molestarla. Una vez estaciona dos a bordo del ferry, él también se recostó en su asiento y cerró los ojos. Los de _lMiley se abrieron como platos en la penumbra del vientre del ferry. De ninguna de las maneras dormiría estirada junto a él. Pero estaba agotada; había pasado una mala noche y bebido un café corto. Arriba, en cubierta, podría tomar más café, tanto como quisiera, y contemplar la isla desapareciendo entre la neblina. Todo lo que tenía que hacer era desabrocharse el cinturón y salir del coche. Su cansancio era tal, que no se vio con ánimos de hacerlo. Nick parecía estar en otro mundo y, a juzgar por su respiración profunda y regular, debía de haberse dormido nada más cerrar los ojos. No la molestaría. Quedarse allí era una locura, pero estaba demasiado cansada para hacer otra cosa. Y por alguna razón inexplicable se sentía segura, al menos de momento, encerrada en un coche con un mentiroso y un impostor. Lo bastante segura para entregarse a las sombras del sueño que la rodeaban, para confiar en él, al menos de momento.

martes, 18 de junio de 2013

El Impostor- Capitulo 21

Había mucho que decir sobre autodisciplina, pensó Nick, al tiempo que estiraba las piernas; sobre la fortaleza de carácter, y la habilidad que uno tiene de controlar los ataques de rabia. En este momento no se le ocurría nada en favor de tales virtudes, pero estaba convencido de que tarde o temprano se alegraría enormemente de saber dominarse. Pensó en lo curiosas que le parecían las mujeres. Algunas eran increíblemente sexys, seguras de sí mismas y de su atractivo, apetitosas, liberadas e irresistibles. Ésa era la clase de mujeres que más le gustaban, afectuosas, cálidas, listas y divertidas. Mujeres con las que uno podía reírse, beber, dormir y hablar. Y luego había mujeres como Miley Cyrus, porque daba por sentado que había otras mujeres como ella, aunque hasta la fecha había tenido la fortuna de no tropezarse con ninguna. Miley parecía no tener ni idea de que era exquisitamente guapa. En los pocos días que llevaba junto a ella no la había visto actuar con naturalidad ni una sola vez. No podía haberse vuelto una mujer reprimida y rígida por culpa de los Jonas, no les importaba tanto como para que ejercieran tamaña influencia sobre ella; pero algo la había vuelto tan viva y desinhibida como una estatua. Se preguntó si Miley se habría reído alguna vez, si sabía besar. No era virgen. La información que le había proporcionado Warren Jonas era minuciosa, pero todo lo que sabía era que ella no se había permitido nunca amar a nadie más que a los malditos Jonas; quienes no dudarían en darle la espalda, si así lo requiriesen sus intereses. Había albergado la esperanza de conquistarla, de conseguir que bajara la guardia y le aceptara. Cuando menos pensaba que la haría abandonar su lucha armada. Estaba en juego algo muy serio con los verdaderos Jonas para vivir la amenaza continua de una nefasta seudorelación. Aunque había sido una pérdida de tiempo, por lo menos la comprendía un poco mejor y sabía que sería inútil intentar que le creyera. No le creería, así de simple. Esbozó una sonrisa mientras contemplaba la negra noche. No había nada imposible, especialmente tratándose de sexo. Todo dependía de la cantidad de energía que estuviera dispuesto a invertir con relación al beneficio a obtener. Aun queriendo, Miley Cyrus no causaría demasiados problemas. Su preocupación por Sally estaba por encima de su sentido de la justicia. No desbarataría su elaborado plan a no ser que viera en peligro la integridad de Sally. En realidad no era necesario acostarse con ella para asegurarse de que no supusiera ninguna amenaza. Sin embargo, obtendría algo muy tangible si la seducía. El caso era que, cada vez que la miraba, cada vez que oía su voz dulce y clara, que olía su perfume puro y con aroma a flores, su lujuria se desbordaba. Quería hacerla enloquecer. Quería ver qué aspecto tenía «doña recatada» con el pelo suelto y desordenado y sus gélidos ojos encendidos de pasión. Quería ver qué cuerpo se escondía bajo esa aburrida ropa de yuppie. Quería probar su piel. Oyó el ligero crujido que emitían los peldaños de la escalera; sus oídos estaban más que acostumbrados a los ruidos de la noche. Después de todo Miley no se había acostado, salvo que pensara dormir en la habitación de la planta de abajo, cosa que dudaba, ya que ésa siempre había sido la suite de Sally, una suite inmensa, y tenía la impresión de que Miley jamás se atrevería a utilizarla, por mucho que Sally es tuviera ausente y ella quisiera alejarse de él todo lo que pudiera. Miley estaba procurando ser lo más sigilosa posible, pero no era muy ducha en moverse a hurtadillas. Miley escuchó el sonido casi imperceptible de una puerta abriéndose debajo de él, y se quedó quieto. Cualquier persona con sentido común habría utilizado la escalera de atrás, la puerta de servicio. A no ser que quisiera ser escuchada, que quisiera que la siguieran. Nick tuvo sus dudas al respecto. Miley, pese a haber vivido tan tos años entre los Jonas, no estaba en absoluto acostumbrada a mentir y engañar. Era honesta y franca, justo todo lo contrario que él. Era sorprendente cómo la mera existencia de Nick la hacía perder los papeles. La luz de la luna era algo menos intensa, pero eso no impidió que Nick viera a Miley, con bastante claridad, caminando por el desierto sendero que había frente a la casa. Llevaba puesto un viejo jersey de algodón para resguardarse del frío, y cruzó la calle, sin mirar a la izquierda ni a la derecha, en dirección a Lighthouse Beach. Caminaba a paso lento y decidido, era una mujer de firmes propósitos. No había ni un alma en la playa, la marea estaba baja, y un millo de algas y conchas cubría la arena. Anduvo hasta el borde del agua y su mirada se perdió en la negra inmensidad. Miley no podía ver la expresión de su rostro; estaba demasiado lejos. Sólo veía su silueta esbelta y erguida, sus hombros estrechos y tensos, la postura resuelta de su cabeza. ¿Por qué motivo había ido a Lighthouse Beach? ¿Qué estaría recordando? Tuvo la tentación de bajarse del tejado e ir tras ella; de agarrarle por los brazos y obligarla a que le contara con pelos y señales lo que había visto en esa playa desierta aquel lejano verano. Sería una pérdida de tiempo. No conseguiría que se lo dijera, y si le ponía las manos encima acabaría besándola otra vez. Podía avivar sus dudas y objeciones con cierta facilidad, pero ¿de qué serviría? Quiso averiguarlo. Descendió por la ventana, empezó a bajar las escaleras en penumbra y se quedó boquiabierto al constatar que Miley ya había regresado y que estaba entrando por la puerta, que abrió con fuerza. —¿Qué tal tu paseo? —murmuró desde la escalera. Miley dio un brinco. —¿Has estado espiándome? —Cariño, recuerda que desde el tejado hay vistas a Lighthouse Beach —balbuceó—. ¿O se supone que tengo que desviar la mirada cuando alguien, silenciosamente, sale de la casa y pasea hasta allí como un alma extraviada? —Tú ocúpate de tus asuntos, que yo ya me ocuparé de los míos. —¿Qué estabas buscando? —Bajó un par de escalones. Miley permaneció inmóvil, pero Nick, a pesar de que el vestíbulo estaba a oscuras, pudo ver su mirada recelosa. —¿Qué te hace pensar que buscaba algo? Necesitaba tomar el aire, y quería estar sola. —Tenías el aspecto de alguien que visita un lugar sagrado —comentó él—. No, seré más preciso: de alguien que regresa a la escena de un crimen. Había conseguido romper su glacial tranquilidad. —¿Qué has querido decir con eso? —preguntó ella. —Exactamente lo que he dicho. ¿Ocurrió algo que sea digno de mención en aquella playa? ¿Perdiste tu virginidad a manos de algún semental de la zona en una calurosa noche de verano? ¿Qué fue lo que pasó? Miley volvía a mostrarse indiferente, había recuperado el equilibrio. —Da la casualidad de que me gusta el mar —apuntó. —En Vermont no hay mar. ¿Por qué vives allí, pues? —Porque Sally me necesita. —No por mucho más tiempo. —Entonces, volveré a vivir cerca del mar. Cuando haya muerto Sally —añadió Miley, como si quisiera demostrarse a sí misma que podía pronunciar esas palabras en voz alta. —¿Aquí? —¡No! —le espetó, indignada. —¿Te trae malos recuerdos? —insistió él. —Los únicos malos recuerdos que tengo son de Nick Jonas —¿Y qué recuerdos son ésos, Miley? —preguntó, forzándose a hablar en tono amable—. ¿Recuerdas la noche de mi huida? ¿Qué les dijiste a Sally y a todos? Nick la miró a los ojos, y supo con certeza que estaba ocultando algo, algo relacionado con lo que había sucedido en aquella casa la noche en que Nick Jonas, de diecisiete años, desapareció, e intuía que jamás se lo había confiado a nadie. —Cuando me fui a la cama, Nick y Sally estaban discutiendo —declaró ella—. Por la mañana me desperté y él ya no estaba. Eso es todo lo que sé. —Sally me dijo que te pusiste enferma justo después. Que te ingresaron en la clínica con neumonía y que incluso temieron por tu vida. Me dijo que no sabía si estaba más triste por mi desaparición o por tu enfermedad. —Sufrió más por su hijo. —¡Bah, pero si su hijo se había ido! Había huido como un biche o consentido, como lo que en realidad era. En cambio tú sí que estabas, y cabía la posibilidad de que no superaras la enfermedad. ¿No crees que se preocupó más por ti? Al fin y al cabo, no tenía motivos para pensar que su hijo no siguiera con vida, debió de imaginarse que estaría por ahí, metiéndose en líos. Sin embargo tú estuviste en un tris de morir. Miley le miró, y no se tomó la molestia de disimular la rabia que había en sus ojos. —No me morí —señaló—, pero no recuerdo muy bien lo que pasó aquella noche, no puedo decirte nada más. En primer lugar, no estuve allí; en segundo lugar, si no he recordado nada durante tantos años, dudo que vaya a recordar algo ahora. Nick sonrió ligeramente con intención de inquietar a Miley, pero ésta ni se inmutó. Era mucho más valiente que la silenciosa y pequeña mascota que había pasado su infancia a la sombra de los Jonas. Warren la había infravalorado en exceso. —¿Para qué has ido a Lighthouse Beach? —volvió a preguntarle Nick. —Para estar lejos de ti —replicó ella; el aguijón fue insoportable. Nick alargó el brazo y la asió por el hombro, que apretó con más fuerza cuando ella trató de deshacerse de él. Por muchas ganas que tuviera, no volvería a besarla, como tampoco obtendría esa noche las respuestas que quería y necesitaba. —¿Estás segura de que eso es lo que quieres? —le preguntó. Pero antes de que Nick pudiera decir nada más, Miley ya se había soltado de un tirón y caminaba hacia la parte posterior de la casa. ---------- ------- ------------ Hola de nuevo. Se que no he subido en un buen tiempo pero es que no tengo laptop :( ahora estoy subiendo desde el celular pero es mas lento adaptar aqui. Bueno... En fin. En cuatro dias es mi cumpleaños asi que ando de buenas por lo del pastel y mis crepas...asi que estre subiendo cada vez que pueda en esta semana. No creo terminarla en mi cumple porque es un poco larga y mi cumple es el sabado. Pero en este mes creo que la voy a terminar. Subire novelas adaptadas por un tiempo ya que escribir en el celular es muy molesto ademas que hay muchos errores de dedo cuando escribes rapido. La novela de A Light In The Darkness rsta cancelada temporalmente. Lo siento. Y bienvenidas a las lectoras nuevas. Es lindo ver como me leen en otros continentes o en lugares que el español no es el primer idioma. Besos y espero al menos subir de aqui y no dejarlas mucho tiempo solas. Las quiero. PS: iba a subir una novela de Cazadores oscuros pero creo que Jenifer Petunia las va a subir toda la saga :) CREO. Ya vere cual les subo. Bye. Comenten sobre todo tu Gatita o no te doy de mi pastel -.-

El Impostor- Capitulo 20

La luna se elevaba al otro lado de la cala, dejando un sendero de iridiscente luz plateada sobre el agua. Los envases vacíos de la cena estaban esparcidos por la superficie lisa del tejado del porche, y Miley dobló las piernas y las acercó a su pecho, abrazándolas, mientras contemplaba la noche. Aunque no era muy tarde —a partir de la semana siguiente los días serían más largos—, la noche ya se cernía sobre ellos, mecida por una brisa suave. Un recuerdo de la nieve que se derretía cubriendo las colinas de Vermont. —Creo que no me encuentro muy bien —comentó Miley con suma tranquilidad—. No estoy acostumbrada a tomar tanta grasa. Nick estaba apoyado contra el tejado con las piernas estiradas sobre las tejas, una cerveza en una mano y una tenue sonrisa en su rostro iluminado por la luna. —No estás acostumbrada a dar rienda suelta a tus apetitos, Miley. La grasa del crustáceo es una de las maravillas de la naturaleza. Y casi no has bebido cerveza. ¿Tampoco bebes? —No demasiado. —Tú sólo ingieres tranquilizantes y rezas para que me vaya, ¿verdad? Miley no se molestó en negarlo. La comida le había caído en el estómago como una bomba, mucho más agradable de lo que estaba dispuesta a admitir, la cerveza importada era fuerte y sabía mucho a levadura, y la fragancia del océano la envolvía. Se sentía incómoda, inquieta, extrañamente amenazada. —Pues no me iré, Miley. —Ya lo hiciste una vez. —¿Estas reconociendo que existe la posibilidad de que yo sea realmente Nick Jonas? —preguntó Nick con dejadez. —No. Simplemente no quiero pensar en eso esta noche. —¡Qué sensibilidad! —exclamó Nick—. Porque eres una mujer sensible, ¿no? Leal, inteligente, simpática y de fiar. —El mejor amigo del hombre —añadió ella—. Me estás definiendo como a un perrito faldero. —Sólo que creo que además tienes una vena de malicia. Miley esbozó una sonrisa. —Ningún miembro de la familia coincidiría contigo en esto último. —A lo mejor no te conocen tan bien como yo. Le miró, sin salir de su asombro. —¡Qué cara más dura tienes! ¿Crees realmente que me conoces mejor que todos los que me han rodeado durante los últimos dieciocho años? —Miley, ellos no te miran de verdad, no te escuchan, no pierden ni un minuto pensando en ti. No eres más que un mueble para ellos. —Es posible —afirmó ella, que se negaba a morder el anzuelo. —En cambio yo sí pienso en ti, y te miro cada vez que tengo oportunidad. —Claro, y si me consideraras un mueble, probablemente sería una cama. Nick echó la cabeza hacia atrás y se rió; un sonido suave y tibio en el aire de la noche. —¿Verdad que nadie más ve esa parte de ti? —Es que nadie más me amenaza. —¿Por qué me ves como una amenaza? ¿Qué temes que te quite? ¿Crees que ocuparé tu lugar en el corazón de Sally? ¿Que ya no te necesita porque su hijo ha vuelto? Eso era justamente lo que la asustaba, y hubiera sido capaz de tirarse por el tejado antes que admitirlo. —Corta el rollo —le interrumpió con sequedad. —No te preocupes. Lo cierto es que el corazón de Sally tiene sus limitaciones, pero creo que habrá sitio para los dos. —No estoy preocupada —replicó, mintiendo—. Estoy cansada, me voy a dormir. Quiero volver en el primer ferry de la mañana. —Ya he reservado dos plazas. Deduje que no querrías levantarte tarde. —Muy buena deducción. —Se puso de rodillas y pasó junto a él a gatas hacia la ventana abierta que daba a la habitación—. Hasta mañana. Debería haberse imaginado que no le sería tan fácil escapar. Nick tapó la ventana con un brazo, impidiéndole el paso, y ella se puso en cuclillas y le miró, su silencio era glacial. —Contéstame a una pregunta, Miley —le pidió—. Si no comes, no bebes y no tienes relaciones sexuales, ¿cómo te diviertes? —Como cosas sanas, bebo con moderación y tengo relaciones sexuales cuando encuentro a alguien con quien merezca la pena acostarse —contestó, desafiante. —Pero pones el listón demasiado alto, ¿verdad? ¿Hace cuánto que no conoces a alguien a cuyos encantos no pudieras resistirte? —Aún no he conocido a nadie así. «Mentira», gritó su cerebro. Nick apartó el brazo de la ventana, sin obstruirle ya el paso, pero en su lugar alargó la mano y le tocó la cara. Miley tenía la piel fría y notaba sus dedos calientes acariciándole la mejilla hasta llegar a su pelo, enredado por la brisa. No se movió, le daba miedo oponerle resistencia y que un forcejeo precipitara algo incontrolable. —Me miras como si fuera un violador —dijo. Su voz le llegó a Miley como un leve susurro mientras con el dedo pulgar le acariciaba suavemente los labios—. Ni que estuvieras ante un asesino. —¿Lo eres? —Su pregunta fue bruscamente acallada. —No, no lo soy. Ni lo uno ni lo otro —respondió—. ¿Me dejas besarte? —¿Puedo impedirlo? —No. Miley no se resistió cuando Nick la atrajo hacia sí para unir sus bocas. Se dijo a sí misma que no debía oponerse; que quería comparar ese beso con el que sin duda alguna había sido el más significativo de su vida, el que le dio Nick Jonas en su habitación la noche en que murió; que sentía curiosidad, que... La boca abierta de Nick estaba caliente, húmeda, era inesperadamentefamiliar. Asustada, intentó apartarse, pero cayó sobre él tras perder el equilibrio. Durante unos instantes tuvo la impresión de estar a punto de irse tejado abajo precipitándose sobre el suelo de cemento, pero Nick la sujetó sin apenas esfuerzo y la puso sobre sus piernas, abrazándola con todo el cuerpo y meciéndola en su regazo. —Así está mejor —murmuró él—. Empecemos de nuevo. —No quiero... —Le sostuvo la cara con las manos al besarla, y las palabras quedaron atrapadas entre sus bocas. Miley no trató de deshacerse de él; permaneció sentada sobre su regazo, dejándose abrazar y besar. A pesar de la inquietante proximidad de Nick, cerró los ojos bajo la luz de la luna y sencillamente dejó que la besara. No es que se pareciera al momento desesperado y sobrecogedor que había vivido en esta misma casa dieciocho años antes, es que era idéntico. La boca de Nick se abría sobre la suya y cuando usó la lengua, Miley no se apartó atemorizada. No quería respirar, no quería respirar el aliento de su boca, pero no pudo evitarlo. Nick no la besó directamente, jugueteó primero con sus labios, mordisqueándolos lentamente, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo. Deslizó una mano por su cuello y la puso sobre su pecho con tal seguridad y naturalidad que ella casi ni se enteró. Besó el extremo de su boca y le pasó la lengua por el labio inferior, y de pronto retrocedió un par de centímetros. —Noto los fuertes latidos de tu corazón —le susurró—. ¿Vas a devolverme el beso? —No. Nick se rió suavemente. —Entonces me temo que tendré que dejar que te marches. Miley tardó unos segundos en registrar sus palabras, en darse cuenta de que no volvería a besarla. La mano de Nick aún le cubría el pecho, aún sentía cómo le latía el corazón contra su piel, pero éste no dio un paso más. Se limitó a observarla con impasible curiosidad, su boca, abierta y sexy, seguía estando húmeda. Ella se percató, con repentina consternación, de que no quería moverse. Notaba el cuerpo fuerte y caliente de Nick envolviendo el suyo, y le sentía erguido bajo sus caderas. A pesar de la expresión de serenidad de su rostro, él la deseaba, la deseaba ardientemente, pero no pensaba hacer nada más al respecto. Gracias a Dios, se dijo a sí misma, sin moverse. Gracias a Dios no la besaría otra vez, ni le metería la mano en la blusa ni en el sujetador de lencería fina para tocarla. Gracias a Dios no la haría entrar en casa ni la tumbaría en la cama de matrimonio, donde él había pasado su adolescencia, para hacerle aquello que ella había soñado cuando no podía controlar sus sueños. No era él. Por mucho que sus ojos azules y rasgados le recordaran los de Nick, por mucho que su boca fuera irresistiblemente sexy, por mucho que la hiciera sentir condenadamente vulnerable, ese hombre no era Nick Jonas; algo que Miley no debía olvidar. Se alejó de él a gatas en dirección a la ventana abierta, prácticamente cayendo sobre el suelo de la habitación, en la que en su día había dormido Nick. Él no fue tras ella, simplemente se recostó en el tejado del porche y contempló el cielo. Miley sentía todavía el sabor de su boca, su mano cubriéndole el pecho; le sentía a él, rodeándola, invadiéndola. —Huye si quieres, Miley —dijo marcando un tanto a su favor—. No pienso ir a buscarte. —Huir es tu estilo. —Tal vez —replicó—. Siempre que yo sea el verdadero Nick Jonas. La ventana de la habitación tenía pestillo; Miley podría haberlo echado dejando que Nick pasara la noche al aire libre. Ahora hacía frío, pero refrescaría mucho más antes del amanecer. Ya no era ninguna niña. Era una mujer adulta, madura, inmune a los berrinches, inmune al insidioso efecto que el impostor ponía tanto empeño en tener sobre ella. —A estas alturas ya me importa realmente un comino quién seas —comentó Miley, cansada. —¡Seguro que sí! —exclamó él. Al oír el tono jocoso de su voz, Miley cerró la ventana de golpe.

El Impostor- Capitulo 19

Miley inspeccionó la bolsa que Nick había colocado junto a la puerta de la entrada. Su ropa era de buena calidad pero estaba gastada. Era evidente que no había invertido en un nuevo vestuario como parte de su plan de caracterización. Llevaba calzoncillos de seda, una maquinilla de afeitar desechable y un frasco de aspirinas. También había condones. Cerró la cremallera de la bolsa y la apartó de su lado con cara de asco. Los tejanos eran americanos, las camisetas francesas y el paracetamol de las aspirinas inglés. Tal vez él no había viajado tanto como afirmaba, pero desde luego sus posesiones sí. Anduvo por la parte posterior de la mansión, atravesando el comedor y el cuartito del mayordomo hasta llegar a la cocina, grande y anticuada. Constanza se había negado rotundamente a que Sally la renovara, alegando que le gustaba el estilo antiguo. El enorme fregadero de hierro seguía estando separado del resto y la vieja nevera emitía un ligero zumbido. Miley no tardó mucho en comprender a qué se debía aquel zumbido. La nevera estaba enchufada y llena. Había fruta fresca, granos de café, crema de leche, zumo de naranja y un paquete de seis botellas de la cerveza negra favorita de Nick. Cerró la puerta de un golpe y fue hasta el fregadero. El agua, que en invierno siempre se cerraba, salía a borbotones. La línea de teléfono estaba cortada —al menos Nick no había mentido al respecto, aunque en el jeep tenía un teléfono celular—; podría haber buscado un modo de salir de la isla sin necesidad de irse. Volvió al salón principal y se dejó caer en una de las sillas cubiertas con fundas de hilo. La luz le pareció extraña y se percató entonces de que siempre había venido a la isla en pleno verano. No estaba habituada a la forma en que se proyectaba la luz primaveral, dibujando sombras sobre el agua. Cerrando los ojos podía verle, a Nick—al verdadero Nick—, joven, fuerte y sano, una criatura ágil y bella, tan irresistible y salvaje como un unicornio. ¿Cómo era posible que se hubiera resistido a él, aun habiendo sufrido el dolor de sus tormentos y sus bromas pesadas durante años? Aquel verano se había fijado en él, su tronco estaba al desnudo, bronceado, tenía la piel suave y llevaba únicamente unas deshilachadas bermudas vaqueras; había soñado con él. Por aquel entonces sus conocimientos del sexo en general eran, por desgracia, insuficientes. Nick Jonas había sido el centro de sus primeras fantasías románticas y de sus primeras fantasías eróticas propiamente dichas. Sus sueños sexuales eran idealistas y delicados, experiencias amorosas consistentes en besos en los labios y placeres incorpóreos. Le dieron escalofríos sólo de pensar en cuál habría sido su reacción de hacerse realidad esos sueños. Pero Nick había desaparecido, dándole a probar sólo un bocado de lo que era el sexo en realidad, y dejándola más desorientada y vulnerable que nunca. Nick estuvo rodeado de un montón de chicas mayores que ella y más listas, nunca necesitó echar mano de la familia. Así que, de haberse quedado, de haber seguido con vida, probablemente no habría vuelto a tocarla. Aunque de hecho Nick y ella no eran parientes, se recordó Miley. Ella no pertenecía a nada ni a nadie, ni tan siquiera a Nick Jonas. Trató de evocar la espléndida belleza del joven desaparecido, pero el intruso luchaba por hacerse un hueco en su imaginación. En lugar de ver el lozano rostro adusto y sexy de Nick, veía únicamente al impostor de elegantes ojos ingleses y cauta belleza. A lo mejor era un actor que alguien había contratado con el fin de vaciar las arcas de Sally. A lo mejor había sido contratado por motivos más altruistas: para permitir que Sally viviera con serenidad sus últimos días, semanas y meses; para que pudiera morir en paz junto a su querido y añorado hijo. Ni siquiera Miley podía poner pega alguna a semejante motivo. Ella misma habría hecho lo que fuera para facilitarle las cosas a Sally, desde mentir y robar hasta soportar a un impostor peligrosamente seductor; pero por alguna razón no acababa de creerse que la llegada de ese hombre obedeciese a causas altruistas. Nick debía tener algún aliado cercano a la familia, alguien que estuviera al corriente de los trapos sucios de la casa, de la disposición de las fincas, de las rencillas que había entre los hermanos Jonas, de los recuerdos y secretos familiares. Era lo bastante listo, sutil y caradura para intentar salir airoso de tamaña farsa, no obstante necesitaba ayuda. En las novelas románticas o de detectives todo era siempre perfecto, pero en la vida real era casi imposible hacerse pasar con éxito por otra persona. Por mucho que hubiera engañado al resto de los Jonas, a ella no lograría convencerla. Incluso el paranoico de Warren le había aceptado sin apenas rechistar, lo que indicaba que el impostor hacía su trabajo tremendamente bien. ¿Le habría creído de no haber visto morir al verdadero Nick? Quería pensar que no, que se habría dado cuenta de inmediato, instintivamente, de que ése no era el mismo hombre que la había hecho amar y llorar en su adolescencia, y que ahora regresaba para atormentarla. Salvo por un detalle, despertaba en ella las mismas emociones que el auténtico Nick: rabia, frustración y una fascinación abrumadora e involuntaria. —¿En qué estás pensando? No le había oído volver. Llevaba la bolsa de viaje de Miley en una mano y una bolsa con comida en la otra. Se incorporó para verle llegar por el sendero. —En que vendrías con cualquier tipo de excusa para retenerme en la isla. —Lo cierto es que me hubiera encantado tener la casa para mí solamente durante veinticuatro horas, sin nadie vigilándome o acechándome como un halcón, esperando la ocasión de echarme la zancadilla —dijo amablemente—. Por desgracia, no sale ningún avión esta noche y todos los hoteles, moteles y pensiones de la isla están cerrados o están llenos. —¿Así que todos, eh? —preguntó Miley sin ocultar su incredulidad. Nick subió hasta el último peldaño de las escaleras y dejó la bolsa de Miley en el suelo. —Casi todos. Hay un par de habitaciones libres en la taberna Red Cow, pero creo que estarás mejor aquí; La casa es tan grande que no será preciso que nos veamos hasta mañana por la mañana. —¿Y qué haremos sin agua y sin luz? En invierno siempre se cierran las tuberías. —Pensó que Nick mascullaría palabras de disculpa. No lo hizo. —Constanza me dijo que enviaría a alguien a conectarlo todo y traer algunas provisiones. Miley tenía que haberse imaginado que no sería fácil pillarle. —¿Y qué llevas en esa bolsa? —La cena. Siempre y cuando puedas soportar mi presencia un rato más mientras comemos. Sabía lo que había en esa bolsa; podía olerlo. Hacía más de doce años que no tomaba las almejas fritas que hacían en la taberna, pero su aroma era inconfundible. Nick era el único miembro de la familia que también tenía debilidad por esas almejas. Justo dos días antes de desaparecer se presentó de madrugada en su habitación con una bolsa repleta hasta arriba de grasientas almejas y un puñado de patatas fritas, y la incitó a darse juntos un banquete, en silencio y sentados contemplando la cala desde el tejado. —¿Cuándo fue la última vez que comiste almejas fritas, Miley? —le preguntó—. ¿Almejas grandes y frescas, de ésas que harían vomitar a George? Cualquiera podía haberle dicho eso de George, pero era imposible que supiera lo del banquete de almejas, no lo sabía nadie más que Nick y ella. Entonces se dio cuenta de que tenía hambre, el hambre suficiente corno para comer almejas fritas con él, como para dejarse interrogar. Ya encontraría otras tácticas y ocasiones para llevarle a su terreno. Además, con esa actitud hostil que mostraba no llegaría a ninguna parte; tal vez mostrándose un poco más simpática conseguiría que cayera en la trampa. —Hay cerveza en la nevera —comentó calmada—. Iré a coger un par de platos y cubiertos... —No te molestes —replicó él—. ¿Por qué no subimos al tejado del porche y comemos esto con los dedos? No hay ningún Jonas a la vista para llamarnos la atención. Miley sintió que se le congelaba la cara. Era imposible que supiera eso, a menos que Nick Jonas hubiera resucitado, a menos que aquel día alguien les hubiera estado observando y escuchando. A estas alturas no iba a empezar a dudar de sí misma. Carecía de importancia que la mirada de ese hombre fuera idéntica a la de Nick Jpnas, que su sonrisa fuera igual de sensual, que supiera cosas que nadie podía saber. Y sobre todo, carecía de importancia que por su culpa Miley se sintiera indignada, confusa e irracionalmente nostálgica. Nick Jonas estaba muerto, y ese hombre tan atractivo era un embustero. —Me parece buena idea —respondió al cabo de un instante. Con disimulado recelo, le dedicó una sonrisa forzada.