lunes, 18 de febrero de 2013

El Impostor- Capitulo 2


—¿Acaso no piensas darme la bienvenida, Miley? —le preguntó tras un largo y tenso silencio—. ¿A mí, el hijo pródigo que ha vuelto al seno de su adorada familia?
Sentía la mirada inquieta de Sally, que era más fuerte que el brillo burlón de los ojos azules (Vamos a pretender que Nick tiene ojos azules ¿ok? ustedes solo digan que si, o si no en su mente ponganlo como quieran :D) de ese hombre. Quería gritarle, pero se lo impidió su amor por Sally. Sally le había aceptado; Sally había sido engañada. Miley tendría que ser realmente cauta.
—Bienvenido a casa —dijo, forzando las palabras.
Sally se reclinó y sonrió, cerrando los ojos. Pero con esas palabras no logró engañar ni por un momento al hombre que se hacía llamar Nick Jonas.
—Creo que mi madre necesita dormir —opinó con suavidad—. Me temo que la desperté ayer noche al llegar, y la emoción le impidió conciliar el sueño.
—Ha estado muy enferma —añadió Miley, tratando de contener la rabia que sentía.
—Se está muriendo —dijo él rotundamente. La miró a los ojos—. ¿Por qué no nos tomamos un café y me cuentas todos los detalles? Seguro que Constanza nos preparará algo de comida.
—¿Cómo sabes que Constanza aún trabaja aquí?
—La vi ayer noche. Ruben y ella lloraron de emoción al verme —explicó él—. No pareces alegrarte mucho de que esté aquí, Miley. ¿Acaso he estropeado algo con mi inesperado regreso?
—En absoluto.
Entonces sonrió; una sonrisa fría que seguía siendo sorprendentemente sexy.
—¿Por qué no lo hablamos? Por mí no es necesario que te vistas. Veo que te has convertido en una mujer muy guapa.
Probablemente su intención era ponerla nerviosa, pero aunque no corriera sangre Jonas por sus venas, había estado rodeada de ellos toda su vida. Levantó la cabeza con aires de suficiencia, dejando a un lado el hecho de que llevaba únicamente una camiseta roja, con la figura de un tigre en su parte frontal, que le llegaba hasta la mitad de sus largas y desnudas piernas..
—Estaré lista en cinco minutos —dijo con frialdad—. Me reuniré contigo en el office. —Esperó a que le contestara.
—He estado fuera durante casi veinte años, Miley. Por aquel entonces no había ningún office.
—Pregúntaselo a Constanza —replicó, dándole la espalda, resistiendo el impulso de estirarse la camiseta hasta las rodillas.
Esperó a llegar a su habitación para dejar aflorar su reacción. Cerró la puerta tras de sí, se apoyó contra ella, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo al recordar los ojos observadores y burlones de aquel extraño.
Porque se trataba de un extraño; de eso estaba totalmente segura. Había pasado gran parte de su más tierna infancia cerca de Nick Jonas, sus cicatrices, tanto físicas como psíquicas, aún podían atestiguarlo. Y el hombre que estaba en la habitación de tía Sally no era más que un impostor y, dada la enorme cantidad de dinero que es taba en juego, también un criminal.
Antes de volver a salir de la habitación, se vistió apresuradamente, abriendo y cerrando cajones de golpe y apenas deteniéndose a pasarse un cepillo por el pelo. No se fiaba de lo que él pudiera hacer por la casa estando solo. No se fiaba de él lo más mínimo.
Rondaba los catorce años cuando vio por última vez al único hijo verdadero de Sally Jonas. Nick había sido un monstruo desde la niñez, o al menos eso es lo que le habían dicho, y la adolescencia no le ayudó mucho. Era salvaje, peligroso, demasiado guapo para no ser un creído, y no había quien le controlara; ni siquiera el estirado de su tío Warren, que consideraba que tanto su sobrino como el resto de niños en general eran desagradables extraterrestres; ni su estricta madre, que vivía conforme a unas reglas, pero que se ablandaba al estar cara a cara con su amado hijo. Robó, mintió, actuó de forma inmoderada, y Ruben y Constanza siguieron encontrando cigarrillos y marihuana en su cuarto.
Ruben le encubría, pero Miley había oído lo que comentaban los mayores. Y todas las noches rezaba para que le mandaran fuera, a un colegio militar, a un reformatorio, a algún sitio donde lograran quitarle tantas tonterías de la cabeza y se aseguraran de no dejarle volver nunca para atormentar a esa joven que en realidad no era su hermana, y que jamás pertenecería del todo a la distinguida familia Jonas. A esa joven que bebía los vientos por él absurda e irremediablemente sin que nada pudiera impedirlo, fuese lo horrible que fuese.
Al final no le mandaron fuera. Simplemente se fue, llevándose consigo todo el dinero que había en la casa, la hucha de la cocina, los ahorros de Constanza, el cerdito de Miley lleno de dinero, que la última vez que contó sumaba ochenta y seis mil setecientos dólares. No tuvo tiempo de echar mano de la impresionante colección de joyas de su madre, pero con motivo de sus cumpleaños y Navidad, Miley, a sus precoces trece años, ya había recibido valiosas joyas de oro. También se las llevó en su huida.
Ni los mejores investigadores privados ni las fuerzas policiales más experimentadas fueron capaces de encontrar rastro alguno de él durante los siguientes años. Warren había investigado e informó a su hermana de que su hijo, definitivamente había desaparecido, y la lucha se desató entre ellos les mantuvo distanciados durante casi toda una década.
Y ahora la oveja negra había vuelto. O alguien que se hacía pasar por Nick Jonas. Y Miley no estaba segura de cuál de los dos sería más peligroso; si el verdadero Nick o su impostor.

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