martes, 12 de junio de 2012

Huracan De Deseo- Capitulo 13


Miley se despertó al oír unos golpes en la puerta de su habitación. Unos golpes insistentes. Estaba completamente a oscuras porque había cerrado las puertas de la terraza, incluso echó las cortinas de color terracota para que no entrase ni un resquicio de luz.


Suspirando, se levantó de su capullo de lino blanco y fue a abrir la puerta.


-¿Qué ha sido de tus ambiciosos planes de explorar la isla?


Era Nick, completamente vestido, peinado y aparentemente bien despierto. Llevaba una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados y un bañador de color verde. Bajo el brazo, una toalla de playa.


Miley intentó esconderse para que no viera sus pantalones cortos con estampado de dinosaurios, pero nick empujó la puerta y entró en la habitación.


Últimamente aquello de entrar en su territorio sin ser invitado parecía una costumbre.


-¿Qué hora es?
-Pensé que ibas a levantarte al amanecer.
-No creo que haya amanecido aún. Y te agradecería que dejases de invadir mi espacio cuando te da la gana.
-Pensé que ya estarías levantada. De hecho, me sorprende que sigas en tu habitación.


Miley se cruzó de brazos, irritada.


Nick , por el contrario, parecía absolutamente en su casa mientras abría las cortinas y las puertas de la terraza, anunciando que eran las siete menos cuarto.


-Ha amanecido hace horas -dijo, volviéndose con una sonrisa-. Y ahora es el mejor momento para darse un baño. ¿Quieres bajar conmigo?
-¿Qué?


Supuestamente, había ido allí a trabajar, no a darse baños. Y menos con el hombre con el que no podía dejar de soñar, por muy estúpidos que fueran esos sueños.


-La playa estará desierta a esta hora.
-No puedo -contestó Miley, deseando tener ocho manos en lugar de dos para esconder su cuerpo.
-¿Por qué no? ¿Tienes alguna otra cosa que hacer?


¿Qué otros planes podría tener? ¿Llamar a alguien por teléfono? Ni siquiera podía inventar la excusa de que tenía que ir al dentista.


-Es que... acabo de despertarme. Y tardo horas en arreglarme por las mañanas.
-¿En serio? Pues debes levantarte a las cinco para llegar a las ocho a trabajar. Pero no me importa esperar. Fuera, por supuesto.
-Podríamos encontrarnos en el vestíbulo.
-Tonterías. Esperaré aquí mientras te duchas.


El sueño desapareció mientras buscaba el biquini negro y un pareo en la maleta. Había imaginado que irían a nadar por la tarde, después de trabajar durante horas en la sala de juntas del hotel.


Pero no había sala de juntas en aquel hotel y el trabajo no iba a ser tan extenuarte como había creído.


Y tampoco estarían rodeados de gente, nada de carabinas.


Nick parecía haber decidido hacer de guía turístico y quería enseñarle el hotel. Quizá había reflexionado sobre el cínico comentario del día anterior.


Cuando se miró al espejo, Miley se dio cuenta de que el biquini era demasiado pequeño. La parte de abajo iba atada con dos cordoncitos que más que tapar nada eran una tentación. Le había parecido adecuado cuando lo metió en la maleta, pero en aquel momento le parecía un escándalo.


-¿Nos vamos?


Miley se puso una camisa que cubría solo la mitad de sus muslos y tomó una toalla del cuarto de baño.


-¿Has traído alguna crema para el sol? -preguntó nick, cuando se dirigían a la playa.
-¿A esta hora?
-El sol aquí es muy fuerte a cualquier hora. 
-La verdad es que me gustaría ponerme morena.
-¿Sueles quemarte? -preguntó nick, intentando no mirarla.


No quería ponerse «nervioso» porque sería imposible esconderlo con aquel bañador.


-No, en realidad suelo ponerme morena. Me quemo un poco al principio, claro.
-Ya, pues por eso necesitas crema.


Miley empezaba a relajarse. Aquel sitio era precioso y tenían una semana para hacer lo que habían ido a hacer. No tenían prisa.


Nick le habló del hotel, de las reformas que fueron necesarias cuando su empresa se lo compró a una pareja que lo había mantenido durante años como propiedad privada.
-¿Cómo pudieron marcharse de aquí? -preguntó Miley.
-La señora Cooper James murió y su marido no podía soportar vivir aquí sin ella. Le pagué un buen precio, así que ahora vive en Londres con suficiente dinero en el banco como para no tener que preocuparse de nada en lo que le queda de vida.
-Huele de maravilla. Nada que ver con lo que huelo todos los días para ir a trabajar.
-Admito que Londres tiene un olor muy particular.
-Olor a polución -dijo ella.
-Bueno, ¿qué te parece? -preguntó nick cuando llegaron a la playa.
-¡Es el agua más azul que he visto en toda mi vida! ¡Es como una piscina!
-La playa más tranquila del Caribe. Y nuestra, en este momento -sonrió Nick, extendiendo la toalla sobre la arena.
-¿A qué hora...?
-¿Empieza a levantarse la gente? 
-Tarde -contestó él, mientras se quitaba la camisa-. A veces algún cliente se levanta temprano, pero en general la gente viene aquí a descansar y olvidarse de las prisas. Además, no hay hora límite para el desayuno. Y pueden desayunar donde quieran, incluso en la playa.


No la miraba, pero notó de reojo que Miley estaba extendiendo la toalla lo más lejos posible de la suya.


-Qué lujo. Y, por cierto, tenías razón con lo del sol. Empieza a calentar muy pronto.
-Afortunadamente, he traído crema protectora.


Nick sacó un tubo del bolsillo de la camisa. No para él, porque él nunca se quemaba; la había tomado del cuarto de baño porque intuyó que a Miley se le olvidaría.


-¿A qué hora empezaremos a trabajar? -preguntó ella, poniéndose crema en los brazos.


¿Cómo podía pensar en el trabajo cuando estaban bajo el sol, en aquella preciosa playa de color azul turquesa?


¿Estaría también pensando en joe? ¿El trabajo, su novio y su aburrida vida en Londres? ¿Podría Joe llevarla a un sitio como aquel? Nunca.


-En cuanto hayamos desayunado -contestó nick, intentando disimular su irritación-. ¿Piensas dejarte la camisa puesta? No puedes ponerte crema si no te la quitas.


Miley se preguntó si la creía una tonta. Quizá como nunca había estado en un sitio tan lujoso como aquel, pensaba que tenía que señalar lo que era obvio.


Irritada, se quitó la camisa y empezó a ponerse crema en el estómago.


Nick la observó con los ojos semicerrados. No podía tumbarse en la toalla porque ver cómo se movían sus pechos mientras se ponía la crema lo estaba excitando más de lo aconsejable. Nunca había sentido nada así por una mujer. ¿Era porque el recuerdo de aquella única noche juntos lo tenía hechizado? ¿Aquella sola noche lo había atado a ella de por vida? ¿U quizá sería porque era inalcanzable, porque estaba casi prometida con otro hombre?


-Túmbate, voy a darte crema en la espalda.
-No hace falta.
-¿Por qué? ¿Crees que el sol no te dará en la espalda?
-No...
-Túmbate, anda. O te pones crema en la espalda o te pasarás toda la semana en la cama con quemaduras de tercer grado. Una experiencia muy dolorosa, por lo que dicen. Además, las quemaduras solares pueden provocar cáncer.
-Todo el mundo lo sabe. Pero no voy a tumbarme aquí durante horas.
-Por si acaso. Es por eso por lo que en todas las habitaciones hay crema protectora. Los clientes anglosajones suelen ser olvidadizos.


Miley se tumbó sobre la toalla, haciendo un gesto de desesperación.


-Relájate -dijo nick-. Estás como una tabla.


Con el sol en la cabeza y el roce de las manos del hombre en su espalda, Miley empezó a relajarse.


-Y ahora, las piernas.
-Eso puedo hacerlo yo.
-Ya que lo estoy haciendo...


Miley sintió la presión de sus manos en las pantorrillas, moviéndose hacia arriba lentamente. Pero cuando empezó a ponerle crema en las nalgas, se sentó de golpe.


En aquella postura, el biquini apenas podía tapar nada. Y nick necesitaba darse un baño inmediatamente.


-Voy a meterme en el agua. ¿Vienes?
-Dentro de un momento -contestó ella, sin mirarlo.


Debería avergonzarse de sí misma, pensó. Excitarse solo porque le pusiera crema en las piernas... pero al verlo de espaldas, tan alto, tan fuerte, tuvo que contener el aliento.


Solo cuando lo vio meterse en el agua se levantó de la toalla. No se tiró de cabeza, como él. Fue mojándose poco a poco y después se tumbó de espaldas, flotando en el agua.


No lo oyó acercarse y lanzó un grito cuando le hizo una ahogadilla. Miley sacó la cabeza del agua y lo vio sonriente, con el pelo echado hacia atrás.


-¿No te dije que tuvieras cuidado con el sol? -la regañó-. Lo peor es tomarlo directamente desde el agua. Podrías quedarte dormida flotando así.
-¡No iba a quedarme dormida!
-Tenías los ojos cerrados.
-¿Y qué?


Miley nadó hacia la orilla y él lo hizo a su lado. El agua era tan transparente que podía ver aquellos bíceps, los musculosos antebrazos...


-¿Por qué no nadamos hacia el banco de coral? Se pueden ver los peces sin gafas de bucear.
-No, gracias. Tengo que volver a la habitación para lavarme el pelo. Además, tenemos que trabajar.


Miley sentía los ojos oscuros del hombre clavados en los suyos y le resultaba difícil respirar.


-Sería muy fácil quedarse aquí en la playa y olvidar a qué hemos venido.
-No lo creo -murmuró ella, nadando hacia la orilla.
-¿No te imaginas lo suficientemente relajada como para olvidarte del trabajo?
-¿Cómo voy a relajarme si...?


Había estado a punto de decir: «si estoy contigo».


-¿Si qué?
-Si estoy aquí para trabajar.


Cuando salieron del agua notó que nick miraba descaradamente sus pechos y, al bajar la mirada, entendió por qué. El biquini, que era mucho más pequeño de lo que le había parecido en la tienda, se pegaba a sus pechos como una segunda piel.


El minúsculo biquini negro revelaba claramente sus pezones, marcando incluso la aureola.


-No tienes por qué sentir vergüenza. He visto pezones antes.


Miley deseó que se la tragara la tierra. Pero se puso la camisa, intentando disimular. 


Nick tuvo que hacer un esfuerzo para no alargar la mano y acariciar sus pechos, tocar aquellos pezones... excitado como un adolescente y enfadado consigo mismo, tuvo que taparse con la toalla.

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